
Mi cerebro está embotado,
mi mente está vacía,
mi bolígrafo está agotado
y me hundo en la agonía.
Impotencia, frustración…
me taladra la nuca
la misma puta canción
que no se acaba nunca.
Como se arranca el hierro de una herida
su amor de las entrañas me arranqué,
aunque sentí al hacerlo que la vida
me arrancaba con él!
.
Del altar que le alcé en el alma mía
y la luz de la fe que en ella ardía
ante el ara desierta se apagó.
Aún turbando en la noche el firme empeño
vive en la idea la visión tenaz...
¡Cuándo podré dormir con ese sueño
en que acaba el soñar!
Otra vez me atrapas
maldita desesperación,
tras tu espejo de plata
se me rompe la razón
¿No te cansas
de gobernar mi alma?
Pero en tu nombre
romperé una estaca,
musa despiadada,
pues no se
si eres tú quien me persigue
o soy yo la que se ata,
aunque quizá te ríes
en mi maldita cara,
cada vez que miro
a tu mundo de ratas.



Es el reino de Deseo el más malvado, cruel y doloroso de todos los reinos y al mismo tiempo el más apasionado, el más dulce, y el más adictivo. Nadie parece poder vivir sin él, aunque él nos lleve a la lujuria, a la gula, a la envidia a la avaricia y finalmente al desastre.
Por él venderíamos nuestra alma al más bajo ser que encontrásemos habitando las profundas simas del infierno.
Él es la razón de nuestra vida y nuestra existencia y a causa de él morimos, a veces con gusto, con placer y a veces con amargura y desesperación, él es nuestra salvación y nuestra perdición.
La vida sin él no es nada y no merece la pena vivirla. Deseamos porque vivimos y vivimos porque deseamos, dejar de desear es prepararse para la muerte.